Orar es la clave...
Desde siempre se nos ha enseñado que debemos orar: antes de dormir, al levantarnos, cuando queremos algo, cuando no queremos algo, orar, orar, orar. Así hemos aprendido a relacionarnos con Dios, un señor que está allá en el cielo que nos manda bendiciones y permite ciertos inconvenientes para hacernos más fuertes pero que eventualmente si oramos mucho nos escuchará y cambiará nuestra realidad. ¡Qué nivel de arrogancia! Creemos que Dios es todopoderoso y nos percibimos como seres pequeños a merced de su voluntad pero al mismo tiempo creemos que mediante la oración tenemos la capacidad de comunicarnos con él y convencerlo de que cambie nuestra realidad para que nos de lo que nosotros queremos o para dejar de sentir lo que no nos gusta. Queremos convencer a Dios de que nuestra forma es mejor. Nos creemos más sabios que Dios. ¡Qué incoherencia! Nos acercamos a Dios siempre que necesitamos algo, siempre que queremos que algo cambie, siempre que nos sentimos mal, de...