Orar es la clave...
Desde siempre se nos ha enseñado
que debemos orar: antes de dormir, al levantarnos, cuando queremos algo, cuando
no queremos algo, orar, orar, orar.
Así hemos aprendido a
relacionarnos con Dios, un señor que está allá en el cielo que nos manda
bendiciones y permite ciertos inconvenientes para hacernos más fuertes pero que
eventualmente si oramos mucho nos escuchará y cambiará nuestra realidad.
¡Qué nivel de arrogancia!
Creemos que Dios es todopoderoso
y nos percibimos como seres pequeños a merced de su voluntad pero al mismo
tiempo creemos que mediante la oración tenemos la capacidad de comunicarnos con
él y convencerlo de que cambie nuestra realidad para que nos de lo que nosotros
queremos o para dejar de sentir lo que no nos gusta. Queremos convencer a Dios
de que nuestra forma es mejor. Nos creemos más sabios que Dios.
¡Qué incoherencia!
Nos acercamos a Dios siempre que
necesitamos algo, siempre que queremos que algo cambie, siempre que nos
sentimos mal, desesperados, asustados. Nos relacionamos con Dios desde la
carencia y el miedo, siempre pidiendo cosas, siempre víctimas. Decimos creer en
Dios, pero rechazamos totalmente la realidad, la vida que estamos viviendo, el
aquí y el ahora: “Dios cambia mi realidad porque esta que me diste no me gusta,
no la quiero.”
Cuando no es así oramos a Dios
para dar gracias en las ocasiones en las que lo que estoy viviendo sí me gusta
y quiero más de eso. Me gusta lo que estoy recibiendo y es mi obligación darte gracias,
Señor para que me mandes más de lo mismo, no vaya a ser que por mal agradecido
me quites estas bendiciones. Sigue así Dios que lo estás haciendo bien conmigo.
¡Qué manipulación!
Dios es todo. Dios es la vida,
con su luz y con su oscuridad. Dios son mis emociones, densas y agradables.
Dios es el presente, es la vida misma, es la naturaleza. Dios somos vos y yo
con toda la capacidad de creación, con toda la responsabilidad de lo que sucede
en nuestra vida. Dios es amor: amor a nosotros mismos, amor hacia la vida que
tenemos en este momento.
Orar a Dios es aceptar con
plenitud el momento presente y vivirlo conscientemente.
¿Y vos en cuál oración crees?

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